Expuesta la mueca pesa sobre la habitación
la manipulo con el borde de los dedos
como balazos frescos.
Se me escapa una espina de idiotéz y entonces aprovechás para frotar con violencia tus pupilas dilatadas contra mi lengua.
Callo deseando que el aberrante signo al final de cada interrogación muera a poquitos con las colillas de cigarros.
El humo, sólido por la gravedad súbita y la ceniza arruina más la colcha, la misma desgastada por tanto grito de tierra colonizada.
Y como un camino de mierda sólo se va alargando más la mañana con los sorbos del café sobreendulzado.
Grace Zales
Abril, 2011
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